
Twilight (2008)
Título en castellano: Crepúsculo
Duración: 121 minutos
Género: Romance
Directora: Catherine Hardwicke
Actores: Kristen Stewart, Robert Pattinson
Banda sonora: Carter Burwell
Crítica:
Espero no tener ningún resentimiento personal hacia “Crepúsculo”. Hasta que no apareció en cartel no sabía que existía una película sobre vampiros pop, así que cuando caí al cine casi no tenía idea sobre lo qué me iba a enfrentar. Es triste que se pareciera tanto a un cuento que había pensado desarrollar, sobre un vampiro argentino adolescente que trata de ocultar su identidad a la vez que experimenta los tormentos del amor, acompañado por poderes extraordinarios y música moderna.
Por cierto, esa caída al cine fue de lo más rara: no sólo yo parecía la única persona mayor a veinte años en la sala, sino que nunca antes había estado en una proyección con tanto ruido, voces, piropos y cámaras fotográficas. La intención de mis ruidosos compañeros de cine parecía ser capturar el único momento de beso entre Bella (Kristen Stewart) y Edward (Robert Pattinson), un beso casto y distanciado, pero beso al fin.
La historia es interesante, lástima que no su desarrollo. Pero no importa, viene al caso que se enteren de qué va: Bella es una chica un tanto torpe pero muy bonita que se acaba de mudar al remoto pueblo de Forks, en el estado de Washington. Preocupada por no poder hacer amigos, cae en la cuenta de un día para el otro lo hermoso que es Edward Cullen (Robert Pattinson), calificado de freak por todos sus compañeros. La atracción que sienten Bella y Edward es más obvia que el resultado de sumar dos más dos, pero la película se hace la interesante retratando las pobres expresiones del joven Robert Pattinson (antes presente en la cuarta entrega de Harry Potter) y el exceso de tics de Kristen Stewart (que a pesar de todo compone un personaje muy creíble).
Me consterna bastante que hubieran modificado tanto la naturaleza de los vampiros, hasta hacerlos una especie de Supermen de los bosques estadounidenses. Un vampiro normal es inmortal, puede convertirse en murciélago, detesta la noche y podrías presentarlo a tu abuelita sin que notara que es un bicho sediento de sangre. Los vampiros de “Crepúsculo”, en cambio, no tienen más características positivas porque la película dura tan sólo dos horas: tienen superfuerza, pueden ver el futuro, brillan como una linterna cuando están a la luz del sol y juegan béisbol.
¿Cuál es el mensaje de la película? Quizás les parezca que es tonto buscarlo cuando se trata sin dudas de un típico producto norteamericano destinado al consumo descerebrado. Quizás sea así, pero supongamos un momento que no. La película está desarrollada con una buena música moderna, una acción poco novedosa pero más o menos bien llevada, y diálogos malos pero no del todo descabellados (no obstante, voy a anunciar el Premio a la Peor Línea de una Película 2008. Edward explica que los vampiros de su familia viven a base de sangre de animales, y agrega: “Somos como vegetarianos: tenemos buena salud, pero nunca estamos satisfechos”. No voy a agregar una letra más al respecto. Ni una).
La película es básicamente una historia de freaks, de distintos tipos de freaks. Por un lado están los convencionales amigos de Bella; por el otro, tribus indígenas que no son muy bienvenidas; en la otra esquina, una serie de vampiros; y en medio, Bella, que entró de lleno a la ciudad de Forks y tiene que decidir a cuál de estos grupos quiere pertenecer. Los vampiros, la elección obvia, parecen más que perfectos: no sólo tienen todas esas características que mencioné antes, sino que son sofisticados, necesariamente bellos, y como si fuera poco, ricos. En un momento, la acción que se venía desarrollando con cierta intriga se convierte en una ridícula presentación de la protagonista a la familia de su novio, y la magia se disuelve en el aire tal como había aparecido.
Mi teoría es que los vampiros Cullen son mucho más que gente interesante: son una “raza superior”. Son un conjunto de poderosas personas que reúnen en su interior al prototipo de la clase alta: son blancos, pálidos; son educados y tienen un buen gusto por el arte; viven en una casa moderna llena de libros de “alta cultura”; el padre de la familia es un médico con conexiones políticas; tienen un auto de lujo; y, sobre todo, quieren ser la típica familia norteamericana. ¿De qué otra manera se explica que jueguen al bésibol? Representan, en una palabra, la elite.
¿Y qué hay del otro lado? Nada que pueda seducir a Bella. Los “vampiros malos” parecen pandilleros (y por ende, de clase baja), tienen malos modales y se visten de manera que parece premeditadamente desaliñada. También podríamos analizar a los compañeros de clase de la heroína: son bastante estúpidos, grises, y, apenas aparecen en escena los Cullen, se convierten en meros adornos de fondo que parecen tener vidas carentes de dirección. Y, por último, los Quileute, la tribu indígena que dice descender de los lobos. Un apuesto y joven muchacho llamado Jacob Black trata desde un principio de seducir a Bella con su carácter sencillo y amable, pero la jovencita está demasiado ocupada por la hipotética mordida de Edward como para prestarle atención. Al final, sin ninguna explicación, Bella rechaza a Jacob y se queda con su vampiro-superhombre.
La lección es, entonces, que de entre todos los freaks existentes, los que tienen plata son los mejores. Es un mensaje patético y perturbador. Más allá de que el film no es perfecto (es cursi y estereotipado), hubiera sido un entretenimiento digno de no ser por su punto de vista tan elitista. Aunque lo que voy a decir me va a poner como enemigo eterno de las adolescentes que sacaban fotos en el cine, queda aún un misterio más grande: ¿Por qué Bella se iba a quedar con el mimo de Edward Cullen, pudiendo elegir al apuesto y sonriente Jacob Black?
Nota final: 4/10
Críticas de Rottentomatoes.com: 49%








